En el último mes he reflexionado mucho sobre lo que significa aprender y enseñar.
I. Enseñar en pregrado
Cuando pienso en enseñar, pienso en mis estudiantes de pregrado: la primera generación universitaria que aprende a producir conocimiento simultáneamente con máquinas que pueden producirlo por ellos.
Pienso en cómo enseñarles a editar su trabajo cuando la máquina entrega un resultado que parece suficientemente bueno, con un tono de confianza que desactiva la sospecha. Cómo motivarlos a cultivar las áreas de conocimiento en las que quieren especializarse, para que puedan reconocer cuándo lo asistido no tiene voz, ni criterio, ni adaptación local. Cuando ni siquiera está bien escrito en español, y aun así parece estarlo. (Sí, estoy cansada de corregir mayúsculas incorrectas y typos que resultan de dictar a una IA y entregar sin editar).
Pienso en la tolerancia a la frustración. Hace un tiempo vi en LinkedIn una analogía bella: trabajar con IA se parece a tomar un helicóptero para subir a la cima de una montaña y apreciar la vista, mientras el trabajo sin generativa es el esfuerzo que implica escalar hasta llegar arriba. No desestimo el camino corto. Hay tareas en las que es justo lo que necesitamos. Pero si se vuelve hábito, ¿qué aprenderán del proceso, de la incertidumbre, de la posibilidad real de fallar? El proceso enseña cosas que el resultado no enseña. Y cuando se elimina el camino se elimina también lo que se aprende caminando.
Pienso también en los estándares, y en un desplazamiento silencioso: lo que antes era responsabilidad de quien hacía el trabajo (revisar, completar, verificar antes de entregar) se está moviendo hacia quien lo recibe, que ahora debe anticipar cada criterio y blindar cada instrucción contra la posibilidad de que algo elemental no se cumpla. La carga se está reubicando. Tal vez eso también esté relacionado con el camino que se deja de andar.
Pienso en cómo formar gente capaz de reconocer sus errores. Gente autocrítica, que se aleje de la autojustificación constante. Que cuando alguien le señale un error, no señale inmediatamente a otro: él no me dio, él no me dijo, yo no sabía, tú no me dijiste. Pero el problema que está detrás de esta actitud suele ser muy profundo: el error amenaza el sentido de identidad, y admitirlo se siente como una rendición. Eso es muy difícil de trabajar en el tiempo de un curso.
Pienso en cómo inculcar la importancia del trabajo colaborativo en un entorno diseñado para eliminar la fricción. El WhatsApp es editable: ningún mensaje es ya definitivo. Los chatbots son serviles y complacientes. Hay incluso un cruce inquietante entre tener una conversación por WhatsApp y pedirle a la IA que construya el argumento que uno mismo no logra articular. Todo el ecosistema está optimizado para darnos la razón, no para el desacuerdo. Y el desacuerdo es necesario para que el trabajo colaborativo, interdisciplinar e intercultural exista. Sin disposición a enfrentar el malestar, no hay colaboración real.
Y luego está la oralidad. En un mundo donde la producción multimodal (texto, audio, imagen, video) puede desacoplarse del pensamiento, hablar en vivo es el único acto comunicativo que no admite intermediación. Por eso creo que en contextos profesionales cada vez más dominados por herramientas de IA, la oralidad será el último refugio del estándar profesional, el último refugio de lo auténtico. El lugar donde se decante quién comprende lo que entrega y quién no.
Pienso también en algo más difícil: la flexibilidad requerida ante diferentes diagnósticos de salud mental. Sobre el límite: dónde ceder es necesario y dónde ceder va en detrimento del desarrollo personal y profesional de los estudiantes. Hay dos extremos complejos: tratar todo diagnóstico como excusa, o asumir que cualquier exigencia académica es una forma de presión inaceptable. Los docentes nos movemos entre los dos extremos, intentando situarnos en cada ocasión (porque cada caso es único y plantea retos propios) en el lugar correcto de la historia. Es agotador. Es solitario. No hay marco.
II. Compartir con colegas
Con colegas el verbo no es enseñar. Es compartir.
Pero compartir de verdad. Hay quien atesora el conocimiento como si fuera propiedad, como si compartirlo fuera perderlo. Esa lógica viene de una mentalidad de escasez: si tú recibes, yo me quedo sin. Pero el conocimiento no funciona así. Se multiplica al circular. Cada vez que uno suelta lo que sabe, deja de cargar solo: otros empiezan a hacer lo que uno ya no necesita hacer, y eso libera espacio para recibir lo que esos otros están cultivando en campos que uno aún no ha tocado. Compartir es la condición para seguir creciendo.
Lo que sé no es mío. Lo aprendí con otros, en lugares concretos, en conversaciones que me cambiaron. Por eso me sorprende cuando alguien me agradece por compartir generosamente. Que la generosidad sea nombrable es la señal de que en el oficio la norma es otra: atesorar, capitalizar, retener. No se puede atesorar y compartir a la vez. Son dos maneras incompatibles de entender qué es el conocimiento.
Compartir entre pares requiere humildad. Hay que domar el ego y decir con naturalidad no sé, no lo conozco, no lo he revisado, no me ha funcionado de la manera como lo describes. Decirlo sin estrategia, sin justificación, sin la urgencia de demostrar que en realidad sí sabes algo cercano. Desarmarse del tener que tener la respuesta abre espacio para que el otro aporte, para que la conversación se mueva, para que aprendan los dos, para encontrar luz sumando oscuridades.
III. Aprender a aprender
Aprender es dejarse atravesar por otros.
Hace varios años, bastantes ya, en unas vacaciones de Navidad, me regalé un curso de Coursera: Learning How to Learn, de Barbara Oakley. Aprender a estructurar mis procesos de aprendizaje es probablemente una de las cosas más valiosas que he hecho en mi carrera.
Para mí aprender toma muchas formas. Es leer, y perdonarme por los libros que se quedan abiertos mucho tiempo. Es ver series y películas, escuchar podcasts, seguir newsletters. Es ir a congresos para conversar con colegas en los pasillos. Es tomar formaciones presenciales o virtuales y dejarme atravesar por todas: por las que me gustan y por las que no recomendaría.
Hay un tipo de aprendizaje que me fascina especialmente: el que ocurre observando a otros hacer. No solo escuchar lo que saben, sino mirar cómo lo transmiten. Cómo sostienen una sala, cómo hacen una pregunta, cómo escuchan, cómo manejan un silencio, cómo reformulan una instrucción.
Mi maestro Jean-François Fogel me enseñó así. Recuerdo lecciones suyas, muchas. Pero lo que más me marcó fue su forma de estar: preguntar, escuchar con atención plena, estar allí para el otro. Lo vi hacerlo tantas veces que lo interioricé.
Y ahora aprendo a aprender con las máquinas. A una, ChatGPT, le dicté la primera versión de este texto, párrafo por párrafo y bloque por bloque. A otra, Claude, le pedí que actuara como editor senior, y le sumé otros mindsets: maestro, PhD en sociología digital, PhD en educación. Aprender con máquinas es otro oficio, pero ese será tema de otro post.
Cuando este texto se publique aprenderé, si llega, del feedback. Ese regalo que nos hacen los lectores que se toman el tiempo de leer lo que producimos, de detectar aciertos o errores. El tiempo es limitado; si alguien usa el suyo para darnos feedback, lo usó para ayudarnos a crecer.







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